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AQUÍ ES LA PULQUERIA

Publicado el 27 de octubre de 2009 a las 12:46 pm

Mientras que en la carrera de la vida nocturna las formas se encuentran en constante sofisticación, las pulquerías, emblema de la socialización de las clases populares de nuestro país, luchan por sobrevivir y se rehúsan a dejar de contarnos sus historias, las cuales son un reflejo permanente de nuestra propia identidad.

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Por: Alonso Aquilar Castillo

Doce y media del medio día y La Hija de los Apaches ya está llena. Avenida Cuauhtémoc, atrasito del Centro Cultural TELMEX. Setenta años de servir pulmex traído desde Hidalgo, heredando los clientes de Los Apaches, en Medellín y Puebla. Dicen que El Pifas lleva 35 años administrándolo, y se lo quedó porque sus patrones no quisieron liquidarlo. Don Pifas, boxeador, padrino de fotógrafos y campeones de peso mosca, alquimista que creó el curado Talina Fernández, Centro Histórico, del Fuerza, Vigor y Puntería.

El pulque corre como sangre espesa en las venas de la Ciudad de México. En el siglo XIX las cerveceras europeas llegaron al país y comenzaron a difundir el mito de la mona, esa muñeca de trapo que llena de caca se pone a nadar en los barriles de pulque y ayuda a fermentar el aguamiel. Pero así como somos los mexicanos, con esa necedad insana, el siglo XX comenzó con 3 pulquerías en cada calle del Centro Histórico.

El Pifas dice que a quién chingados se le ocurre que le puedan echar caca al pulque. Y El Pifas sabe; él se ha amanecido con Vicente Fernández, Rafael Inclán, con Diego Luna y Gael García; él apadrinó los guantes del Pollo Guzmán, del Gavilán Guerrero, del Negro Sandoval, campeones de una ciudad sin nombre, de un tiempo sepia, de peliculones malos como Las borrachas de la pulquería, con Leticia Perdigón y Alfonso Sayas.

pulqueria_h_1El pulque es mexicano porque, como al mexicano, le encanta sufrir. Las historias de pulcatas están llenas de ese sabor agridulce de los curados de frutas. Un día un jovencito se metió a La Hija de los Apaches y empezó con un curadito de jitomate y uno de avena. Cuando El Pifas regresó del baño lo vio con la boca ensangrentada. “¿Quién te hizo eso?” “El Diablo”, -dijo con las manos rojas-. Ahí va El Pifas con el madreador de la colonia: El Diablo. “Yo me acabo de levantar”, -dice El Diablo-. Regresa El Pifas a La Hija de los Apaches. “¿Pus que te pasó escuincle?, dice El Diablo que él no te hizo nada”. Y el chamaco tambaleándose de borracho, en una mano la nariz sangrando y en la otra el curado de avena. “Tu pinche diablito Pifas, ya te lo fui a dejar a la bodega. Regreso al ratón”.

Los de La Pirata -13 de septiembre, colonia Escandón- dicen que cuando Quetzalcóatl vio que los mexicanos tenían granos para comer y agua para beber le pidió a su hermana Mayaguel que bajara a la tierra a darles una bebida que los divirtiera.

pulqueria-mexico-dfMayaguel obediente bajó y se hizo árbol, pero su abuela tzitzimitl, demonio celestial, no le pareció que la nieta se viniera a divertir a los hombres y la mandó matar.

Quetzalcóatl agarró los huesitos roídos de su hermana y los sembró y ahí nació el primer maguey. Por eso cuando el tlachiquero va y corta uno de los brazos del maguey, raspa un poquito y Mayaguel vuelve a llorar. Pero con esa mala costumbre mexicana de antropófago folclórico, así el tlachiquero chupa las lágrimas del maguey con un acocote y las escupe hechas aguamiel en una tinaja, para que después de unas horas en el toro -el pellejo de una res, para variar- se convierta en delicioso tlachiquito, tlachicotón, pulque. Y es que las pulcatas, como todo en el país de los jodidos, comienza y acaba en una mujer. La Pirata te recibe con sus fotos donde una morena encuerada posa hincada sobre un barril de pulque. Dicen que La Pirata se llamaba antes La Juanita, hace más de cien años, y era atendida sólo por mujeres. El sábado de gloria quemaban Judas a media calle, hasta que un día mataron a un señor que no paraba de tomar curado de fresa y les cerraron la pulquería. Una semana después la abrieron a media calle y le cambiaron de nombre para no generar sospechas. Ahí llevaba Chachita al Pichi, en esos años cuando Pepe el Toro sangraba las paredes antes de ponerle un dedo encima a una mujer.

pulque3Y es que en una catrina de pulque -garrafa de litro- viene México entero. Los pulqueros te hablan de la política en este país cuando platican del regente Uruchurtu, que perdió a su mamá y por eso ponía flores donde cerraba pulquerías. “Él es el que le dio en la madre a las pulquerías. Él y Lázaro Cárdenas que decía que disque quería frenar al alcoholismo”. En los nombres de pulcatas venimos radiografiados: Las Mismas Mulas de Siempre, La Quinta Parranda, La Juguetona, La Gallina de los Huevos de Oro. Porque el pulque es mitología viva, es agua que inunda las calles de ese país que los mexicanos se imaginan. Dicen que es afrodisíaco. Nomás mira cuantos hijos tienen los que toman pulque, y la planificación familiar que chingue a su madre. Una catrina curada y la pistola bien cargada. Hasta se lo pueden dar a los niños en lugar de leche. Le falta un grado para ser carne. El pulque reposa ahí donde los mexicanos somos bien chingones y nomás queremos ser todos cuates y ponernos una buena borrachera. La última, nomás un litro más. Cuando entras en La Hija de los Apaches te topas con las reglas: “Prohibido echar porras, Causar bronca, Consumir droga. Este lugar es para consumir, no para pelear.”

En la crónica despierta de una ciudad que ya no es, ahí sigue el pulquero, jurando que la mona es puritita mentira, y los afectos al pulque le siguen diciendo que les vale madres. Un curado los hace héroes de sus ficciones personales. Casanovas, trovadores, ex campeones peso pluma, convencidos de que no hace falta que la vida les exija la prolija estructura del argumento de ficción. Ahí donde el tiempo es puro trámite, donde las historias se superponen unas a otras pero todas acaban igual, con muchos salud y un final que ya ni me acuerdo. Ahí me siento yo también y con cada trago me voy haciendo mi héroe, y después de un buen rato me doy cuenta que desde hace mucho no escribo nada más que lo que estoy viendo y oyendo entre pláticas. Y lo que pasa es que todo lo que tengo es un título, pero estoy seguro que con eso lo digo todo. Pues ya me di cuenta que soy el mexicano más chingón del mundo. “Échame un curado de lo que sea menos de ajo… de ajodido”.

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